Cuento de terror Sobras nada mas

Toda mi vida le había temido a la noche, y conozco muchas personas con el mismo miedo, pero en cierta ocasión me encontré con un niño que me hizo pensar en algo peculiar, y es que el defendía al fondo la teoría de que la luz daba mas miedo, argumentando que en ella se podía ver con claridad lo que había, mientras que la oscuridad, uno estaba mas expuesto a lo que podía imaginar guiándose por los sonidos y las sensaciones, pues era difícil mirar algo.

Pensando en esas palabras, me quedé despierto hasta tarde, luego me sumergí en la oscuridad; lo que me dijo el pequeño era verdad, aunque mis ojos se adaptaban a la falta de luz, todo aquello que creía ver, resultaba algo totalmente distinto, igual lo que pude escuchar, no estaba siquiera cerca de lo que yo había imaginado. 

Aparentemente el pequeño creaba todo un mundo mágico y sensacional al llegar la noche, y este se desvanecía al ver la luz, aunque intenté hacer lo mismo no funcionó para mí, estaba demasiado viciado por lo aprendido antes, seguía temiendo a la oscuridad, veía en ella mis mas terribles miedos, y yo mismo me aterraba pensando que estaba llena de monstruos, fantasmas, espíritus y demonios; entonces corría a encender la luz para que todo aquello desapareciera, hasta que un día, esos espectros no se marcharon al prender las luces.

Después de todo el niño tuvo razón todo el tiempo, imaginar cosas tan terribles me dio mucho miedo, pero morí de terror al comprobar claramente bajo la claridad de la luz que todo aquello era real, que mi habitación estaba llena de sombras, que pertenecían a no sé qué, algunas tenían formas humanas, otras eran amorfas, en la oscuridad ni siquiera me habría percatado de su existencia, pero bajo la luz, todas ellas existían.

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El mito de la momia del minero

Existe un mito en la localidad de Guanajuato que dice acerca de una momia en el panteón local, la cual no fue enterrada sino que se dejó a la vista para que todos apreciaran que tenía los ojos bastante abiertos, que no pudieron cerrar por medio de ningún artificio ni maña aun después de muerto el infortunado, quedando con una expresión de sorpresa que se llevó al más allá. Al parecer, era el cadáver de un minero que en sus mejores tiempos fue un fanfarrón, ebrio e incrédulo que en una oportunidad ofendió a un sacerdote de la comarca muy apreciado por la población general.

El hombre de Dios vestía austeramente, hacía votos de pobreza y observaba severamente las obligaciones que imponía su ministerio. Bajo el gastado hábito usaba cilicio y por su abnegación, dedicación a los pobres y su sufrimiento todos los respetaban y consideraban un santo. Un buen día, el fanfarrón tropezó con el sacerdote en su camino y le dio un empellón, vociferando e increpando al pobre religioso para ponerlo en ridículo. El sacerdote contestó a todo el espectáculo con un apenas audible “Gracias hijo, que Dios te perdone”.

Al poco tiempo, el sacerdote murió, la creencia popular fue que el hombre se convertiría en santo por su amor al prójimo. Poco después, el fanfarrón, cuya profesión era la minería, sufrió un accidente de trabajo junto con otros trabajadores. El hombre sabía que le quedaba poco tiempo de vida, por lo que pidió un sacerdote. Al tener frente a él a un religioso sintió deseos de confesar, entre otros pecados, la ofensa que propinó a aquel sacerdote santo y dijo: Padre, confieso ante usted haber faltado a un sacerdote muy bueno y haberlo ofendido, insultado y burlado.

El confesor le contestó: Lo sé hijo mío, ese sacerdote era yo. El minero cuando oyó esto se estremeció de terror y murió con los ojos muy abiertos del terror.

El mito dice que aún se conserva de esa manera, con los ojos abiertos con expresión de terror, todavía no hallan manera de cerrarlos con ningún arte ni ingenio.

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